LA MUERTE Y LA LIBERTAD

Resulta curioso el modo que tenemos de vivir, pensando que nuestra propia existencia, tal y como la conocemos, es un hecho eterno. Y nos agobiamos, y nos angustiamos ante la perspectiva de no llegar a donde queremos, a conseguir esas cosas que todos tenemos en nuestro imaginario y que se presumen indispensables para la vida.

Inconcebible no llegar a tener una casa de determinado tamaño, un marido o una esposa determinados, tales o cuales estudios, tal número de hijos, casa en la playa o tener buen aspecto para que los demás nos vean exitosos y guapos. Y resulta que lo único imprescindible para la vida es la vida misma y capacidad para vivirla.

Resulta curioso también que seamos tan poco conscientes de lo corto de nuestra existencia. Duramos apenas lo que dura una mariposa, y aún así nos creemos infinitos.

Tenemos un gran miedo a enfrentarnos a la enfermedad y la muerte. Evitamos hablar de la enfermedad o ver a esa persona que está en el hospital, porque nos pone nerviosos, o eludimos hablar y pensar en la muerte porque nos pone angustiados.

Resulta paradójico que la mejor manera y la más plena de vivir la vida sea teniendo presente la muerte, tomando consciencia de la finitud de nuestra existencia y del corto espacio de tiempo en el que se desarrollará. Paradójicamente, la toma de conciencia de nuestra finitud, de nuestra muerte, del “Gran límite”, es lo que nos dotará de infinita libertad y alegría por la vida, y un auténtico empoderamiento de nosotros mismos como seres deseantes, únicos y maravillosos.

Ana María Fuentes Alcañiz
Psicóloga Clínica

CÓMO RESPONSABILIZARNOS DE NUESTRA PROPIA VIDA

Venimos al mundo indefensos, desprovistos de herramientas de ningún tipo para hacer frente en solitario a las demandas de la vida. Nuestras figuras parentales son indispensables para la supervivencia, física y psíquica. Nos proveen de cuidados físicos, pero también de afectivos, ya que sin estos no sobreviviríamos (acordémonos de los bebés estudiados por el Dr. Spitz en orfanatos, que privados de contacto afectivo morían en muchas ocasiones).
Los padres, o las personas que realizan la función materna y paterna, son nuestras figuras de referencia, nos miraremos en su espejo, buscaremos su aprobación y consideraremos que lo saben todo, que no se equivocan y que su palabra es ley. Esta es una etapa necesaria, hasta que descubrimos que los padres no lo son todo, no lo saben todo y no lo pueden todo. En ese momento, que desilusión, vaya jarro de agua fría, parece que se nos cae el mundo encima. Ese es el momento de descubrir también nuestra propia limitación, nosotros tampoco lo podemos todo y también cometemos errores. Este proceso es lo más adaptativo y cercano a la normalidad que puede ocurrir, ya que nos confronta con los límites, siendo esta, paradójicamente, la única manera de poder trascenderlos.
En muchas ocasiones aún vivimos pegados a las figuras parentales, ya sea consciente o inconscientemente. Cuando nos quejamos insistentemente de los padres a una edad adulta, cuando nos afectan en exceso sus opiniones y comentarios, cuando continuamos recordando de modo insistente el modo, bueno o malo, en el que fuimos tratados en la infancia, cuando vivimos en una eterna queja acerca de lo mal que nos va esto o aquello sin hacer nada al respecto, cuando delegamos nuestra vida y nuestras decisiones en otra persona sin tomar responsabilidad sobre nosotros mismos. Ahí puede que continuemos enganchados de manera inconsciente  con aquellas figuras parentales que una vez nos cuidaron. Si le parece que algo así le puede estar ocurriendo consulte con un especialista, podrá soltar lastre en menos tiempo del que usted cree.
Asumir la propia madurez es hacerse cargo de las decisiones que tienen que ver con la propia vida, sin delegar, con el riesgo de equivocarnos. Pero, ¡qué placer poder dejar atrás esa posición de omnipotencia infantil y tomar decisiones sobre nuestra propia vida!. Podremos equivocarnos, ¡seguro que lo haremos!, pero serán nuestras equivocaciones y nuestros aciertos y no los de otros. Será nuestra Vida de veras, y no una sombra proyectada por otros.
Ana María Fuentes Alcañiz
Psicóloga Clínica